Mito costarricense de la Cegua

Recuerdo que en un período vacacional, decidí viajar a Centroamérica, pues quería conocer algunos de esos lindos lugares. Mi primera parada fue en Costa Rica, donde me encontré con un guía muy agradable que por las noches nos contaba mitos de su tierra.

Una noche en la que las estrellas iluminaban todo el paisaje, el hombre dijo que bajáramos del autobús y que no sentáramos en círculo a escuchar una aterradora historia que involucraba a un hombre y una mujer.

– La crónica que están a punto de oír se llama la Cegua. Presten mucha atención, ya que ella aparece por estos lares de vez en cuando.

Sucede que un día don Nicolás Hernández salió de la cantina del pueblo sumamente borracho. Por suerte, iba acompañado de uno de sus criados, pues de no haber sido por eso, seguramente habría fallecido al caer en un barranco.

Mito costarricense de la Cegua

Ambas personas iban caminando con dirección a su hogar, cuando el silencio de la noche fue interrumpido de manera intempestiva por un caballo que iba a todo galope.

– A ese ya se le hizo tarde. Seguramente si no llega pronto a su casa, la mujer lo mandará a dormir a la perrera. Dijo riendo don Nicolás.

– No patrón. Yo no creo que su prisa se deba a eso. Más bien pienso que se encontró frente a frente con la Cegua.

– ¿La Cegua? ¿Qué es eso Romualdo?

– No me diga que mi madre nunca le hablo de ella.

– No, en absoluto. Ella sólo fue mi nana. Pero cuéntame, ¿acaso se trata de un mito antiguo?

– Pues mis padres decían que la Cegua tenía el aspecto de una mujer, pero que a todo aquel hombre que no encontraba en su camino, le hacía padecer las más grandes desgracias.

– ¿Si? ¿Cómo era ella?

– Era una muchacha alta, bella, delgada, de cabellos y ojos negros que tenía los labios rojos como el rubí.

– ¡Ay, qué miedo! Te juro Romualdo que esa descripción me puso los pelos de punta. Es el engendro más espantoso que pude imaginar. Dijo a carcajadas don Nicolás.

– Es que eso no es lo malo patrón. Lo que pasaba es que esta criatura se escondía en la noche y cuando veía a un jinete pasar a una distancia cercana, comenzaba a murmurar como si estuvieran a punto de desfallecer: “Por piedad señor, le suplico que me ayude. Necesito que me lleve lo más rápido posible al pueblo siguiente. Mis padres están muy enfermos y en esta bolsa tengo el remedio para curarlos”.

Los señores al notar la inconfesable belleza de la dama, velozmente la subían a su caballo. Sin embargo, a los pocos metros ella emitía unos raros sonidos, los cuales hacían que éstos volvieran la cabeza hacia atrás.

Cuando las pupilas de los hombres hacían contacto con las de la Cegua, la cabeza de ésta se transformaba en un cráneo agujereado de yegua. De sus ojos brotaba fuego y entre sus mandíbulas se podían apreciar unos gigantescos colmillos.

Otra cosa que se me había olvidado mencionarle patrón es que aquellos que de buen corazón la querían llevar a su destino, quedaban en estado vegetal. En tanto quienes querían abusar de ella, morían instantáneamente.

– Mejor ya no hables Romualdo y vámonos a casa. Exclamó aterrado don Nicolás.

Así concluye este mito.